domingo 23 de mayo de 2010
Agonía de las palabras.
En verdad se ahogan lentamente. Es agotador tratar de sacarlas de ahí, se sumergen con fuerza entre pensamientos sin forma. Es urgente rescatarlas y ya no parece propicio este lugar. Ay silencio, tú que fabricas recuerdos, ayuda a encontrar ese momento en el que te entregué mi vida a cambio de una prudencia imperfecta, una identidad borrosa y varias vergüenzas, te llevaste la parte fuerte de mi voz y la actitud de quien mandaba el juego. No he sabido aprovecharme bien de ti. Callo y escucho, sonrío. Eso es bueno. Callo y no me equivoco, no hiero. Casi nunca. Es verdad. Callo y pocos podrían dar razón de mis razones. Con una persona basta. Y después de la cumbre de este ascendente silencio no habrá recuerdo de mis palabras, no habrá registro de mis recuerdos. No hace falta. Callo y ha habido ratos amargos. Algo no está bien. Callo y es necesario un aviso, una voz que medie por una desapericiba necesidad ajena. A diario hace falta esa voz. Eso sí es grave.
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Todos somos, sin excepción alguna, esclavos de las palabras que no se aventuraron a salir (o de las que salieron atrasadas, que es lo mismo). Este hecho hace que el silencio modele, gracias a que somos (en buena medida) ausencias y temores, nuestra personalidad y que esta configuré, a su vez, una parte significativa de nuestro futuro…
ResponderSuprimirSaludos desde la siempre lluviosa Bogotá
PD: anhelo, al igual que tú, que el silencio halle el instante en el que le entregaste tu vida…