lunes 8 de marzo de 2010

No sé qué hacer

Se han escapado de mi cabeza -así, como si alguna vez hubieran estado allí- las dimensiones de la humanidad, el tamaño de sus pasos, la inmensidad de sus sufrimientos, la impresión de carencia de control y de fuerza que da la numerosidad, y no sé qué hacer con mi ser hoy que mis visiones de grandeza se han evaporado un poco más entre rutinas y pequeñas predisposiciones; hoy, que retuercen de nuevo mi alma las fuerzas de la fe y la razón; hoy, que el terrible tiempo ha halado mi cuerpo diminuto un poco más hacia la muerte mientras el concepto de instante presente le ha dado una nueva puntada a la manta con la que a veces trato de cubrir el perforado madero de mis días pasados; hoy, que me dijeron que al cumplir los veintiún años terminaron de consolidarse las fibras de mi cerebro haciendo menor la posibilidad de cambiar las hendiduras de mi personalidad. Me gusta pensar que es cierto y que por tanto no puedo ya dejar de preocuparme por alguna de las dimensiones de la humanidad, pero prefiero creer que no lo es, para sentir que aún puedo aprender a hablar.

2 comentarios:

  1. Entiendo que el cambio que sucede a la altura de los veintiún años es el primer intento de virar (si, acaso, ese verbo cabe en estos casos) la personalidad que se tiene en ese momento (la cual, sea dicho de paso, está construida, en gran medida, por los demás)…

    Un abrazo desde la fría, y no pocas veces lluviosa, Bogotá

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  2. Like it :) volver a aprender a hablar...

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